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Judit le acompañaba en las comidas y así la conocieron sus oficiales. Ninguno de ellos fue indiferente a los encantos de Judit y los alabaron, si bien discretamente porque no se les escapaba que su señor estaba muy interesado en ella.

A la noche siguiente Holofornes estaba decidido a tomar a aquella seductora mujer y dio orden de celebrar un banquete donde estaría con ella y todos sus oficiales. El vino era abundante y alegraba la cena. Judit se sentaba a la diestra de Holofornes y reía siempre sus gracias y escuchaba con interés sus bárbaras historias de militar, mostrándose seductora en todo momento. No probó el vino que sirvieron en su copa sino que bebió de la de su señor hasta que sus mejillas se colorearon ligeramente. Luego vinieron algunas bailarinas que tenía Holofornes para divertimento suyo y de sus generales y danzaron para ellos. El general asirio las miraba sin mucho interés, más atento al cuerpo de Judit que se apretaba contra el suyo. Ella se apretó aun más contra él para susurrarle en los oídos:

- Realmente me siento agotada. ¿Me llevaréis de vuelta a mi tienda... o a la vuestra?

Nada deseaba oír más Holofornes. Antes de que las bailarinas acabaran su danza, él se levanto para coger a Judit entre sus fuertes brazos y llevarla a la intimidad de su tienda. Los oficiales le miraron envidiosos antes de que saliera.

 

Los guardias se hicieron a un lado para dejar pasar a su señor, que sostenía a la bella extranjera en sus brazos, forcejeando en broma para animarle. Tampoco habría podido hacer mucho por zafarse esos fuertes brazos, porque el general asirio había apresado a muchas cautivas en ellos y las había tomado a la fuerza. No haría falta forzarla esta vez y la soltó en el lecho. Entonces Judit le ofreció lo que tantas veces había ofrecido a sus amantes: se despojó de su túnica celeste y apareció desnuda sin otra cosa sobre su piel que las joyas regaladas por Holofornes. Éste perdió el aliento por un instante porque los pechos de la mujer eran redondeados y su piel hermosísima. Estaba ebrio por el vino y quería embriagarse ahora de esa mujer.

Cierto es que tampoco desagradaba a Judit la compañía de Holofornes, porque el general era un hombre vigoroso y fuerte, que gustaba de cazar con arco o jabalina. Y es que, habiéndose despojado de su faldellín, Holofornes mostraba un pene totalmente erecto a Judit. Por esto ella le insinuó entre risas:

- ¿Utilizaréis vuestra lanza para atravesar a esta gacela?

La pregunta bastó para acabar de excitar a Holofornes y él fue a ella y, cogiendo con sus fuertes manos las menudas y redondeadas nalgas de Judit, la alzó en vilo hasta acoplarla sobre su sexo. Judit gimió cuando sintió la fuerza viril dentro de ella y mordió de pura excitación los fuertes hombros del asirio. Agarrándose en ellos, se levantaba y se dejaba caer luego para sentir el roce del pene entrando y saliendo en ella; y cada vez que lo hacía recompensaba a Holofornes su esfuerzo con más gemidos de placer. El juego encantaba a Holofornes, que apretaba su hermoso culo en sus grandes manos.

Como se cansara aquel juego, Holofornes se dejó caer en el lecho y con él arrastró a Judit. Se abrazaron y besaron con más pasión que ternura y revolviéndose, hasta que él quiso probar el abrigo cálido de los muslos de su invitada. Abrió sus piernas como fueran varas de madera y la montó y volvió a penetrarla, regocijándose con la cara de placer de Judit y sus dulces gemidos.

Ella tenía la mirada perdida ante el musculoso pecho que subía y bajaba sobre ella, tocando cada vez que bajaba sus pezones erectos y dulces como dátiles. Se dijo para sí que el condenado asirio era un magnífico amante. Casi sintió lástima de no poder guardarlo encadenado en su alcoba como si fuera un perro para gozarlo cuando quisiera...

 

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